Paco in America es la historia de mi viaje por América Latina. Comenzó en Brasil, el 21 de Enero del 2009. Ahora vivo en Buenos Aires (Argentina), donde encontré un trabajo .

Rafting

Supongo que todo el mundo sabe de qué va esto; un río con una corriente de la hostia y una balsa llena de un puñado de tarados con remos que hacen todo lo posible por no irse a pique. Otra cosa que nunca había hecho. A pesar de que pasé por lugares muy aptos para ello en Perú o en Ecuador, el tema no acabó de cuadrar y se me estaban acabando ya los sitios donde podía hacerlo en este viaje.

El rafting es otra de las cosas populares que hacer en Mérida pero en realidad está un poco metido con calzador allí. Resulta que los sitios donde se hace están bastante a tomar por culo de la ciudad y se tarda media vida en llegar. Es por ello que es una excursión que la suelen vender como de dos días y una noche. Nosotros quisimos hacerlo sólo en un día. Error.

Carne en vara

Carne en vara

Nos metieron en un carro incómodo como él sólo (quizás lo único que se le puede reprochar a Gravity), y nos tuvimos que zampar casi siete horas de trayecto hasta llegar al campamento donde se hacía el rafting. Lo único que amenizó el maratón de buseta fue una parada a zampar en un restaurante donde servían carne cocinada al estilo típico del lugar, carne en vara se llama…  El caso es que al final acabamos llegando al río super tarde y con el tiempo justísimo para que no se nos hiciera de noche en el agua.

Pero bueno, allí estábamos por fin, listos para subirnos a aquel bote. Dimitri y Oliver, con su español inexistente, dos venezolanas que no parecían muy deportistas, y yo, de nuevo con el trabajo de traductor asignado. Y es que es resulta que la comunicación es fundamental en esto del rafting. En el bote llevas a un guía que va gritando comandos del estilo “remar!”, “parar”, “todos adentro del bote”, “que remen sólo los de la derecha”, y movidas así.

La coordinación entre los pasajeros del bote es fundamental para que el asunto funcione y no las tenía yo todas conmigo al respecto de esto cuando mis buenos amigos gringos no acababan de conseguir memorizar aquello de “derecha” y “izquierda”. El guía se rayaba bastante en el entrenamiento inicial y le faltó llamarnos inútiles. En realidad el rollete sargento de acero formaba parte del guíon y posteriormente le reconocí que aquella actitud exigente era la única forma de conseguir que aquello funcionara.

Equipo rafting

Equipo rafting

Después de unas vueltas de entrenamiento nos lanzamos corriente abajo, por un río espectacular, plagado de rápidos y de rocas entre medias. El trabajo del guía consistía en decirnos cuando remar, cuando parar, cuando cambiar de lado el peso del bote, cuando meternos dentro…El nuestro en obedecer eso a tiempo. Si no lo conseguíamos acabábamos varados en una roca, o pasando un rápido de la forma que no debíamos.

En una de estas falta de coordinación en el bote, acabamos encallados en una roca. El guía manda a todo el mundo a la izquierda para tratar de salir de allí pero no lo conseguimos. Se me ocurre entonces empujar la roca con mis manos. Lamentable idea. El bote se mueve de pronto bruscamente y tengo a Dimitri encima mía, con lo que he perdido agarre al bote. Me caigo al agua en plena zona de rápidos.

Seguramente ha sido mi momento más tenso en este viaje. La corriente me lleva río abajo a toda hostia inmediatamente y de pronto veo pasar toda mi vida por delante de mis ojos. Veo casi a cámara lenta como me voy precipitando contra esas rocas enormes que brotan del río por todas partes, sin poder parar aquello, sin tener nada a lo que agarrarme.

Empiezo a rebotar de piedra en piedra como una bola haciendo puntos en una máquina de pinball. Y aquello es imparable, no hay forma de salirse. El guía nos había dado instrucciones sobre que hacer en caso de caer al agua. Básicamente poner las rodillas hacia arriba y extender los brazos atrás, pero en aquel momento tan chungo todo eso se te olvida y lo único que quieres es agarrarte a algo que impida que la corriente te siga bajando.

Le oigo a lo lejos gritarme cosas desde el bote pero como paso la mitad del tiempo con la cabeza bajo el agua como que no me acabo de enterar muy bien de lo que me dice. Sigo precipitándome río abajo tratando desesperadamente de agarrarme a todo lo que encuentro pero sin conseguirlo.

Al cabo de unos veinte metros río abajo pasándolo realmente mal, la fuerza de la corriente disminuye un poco y me veo más cerca de la orilla. Allí cuelgan una especie de lianas. Me agarro a una de ellas como si fuera una botella de Brugal Extra Viejo. Estoy a salvo, se acabó la partida pinball. Y lo más sorprendente de todo es que, inconscientemente, en ningún momento en soltado mi remo a pesar de todos los golpes.

Se me acerca el bote y me subo de nuevo. Me siento muy golpeado y me van a salir unos cuantos moratones pero es más el susto que llevo encima. Pasan unos minutos hasta que me relajo, me olvido del incidente y estoy en condiciones de disfrutar el rafting de nuevo.

A pesar de la caída, lo del rafting resulta ser divertidísimo. Nuestro bote empieza a funcionar cada vez mejor, más coordinado y cuando las cosas se hacen bien el rafting es una de las cosas más divertidas que he hecho jamás. El guía va gritando órdenes según van pasando los rápidos. Unos más fáciles, otros más duros. El agua te salpica por todas partes y por momentos la sensación es la de estar en una montaña rusa. Una pasada. Divertidísimo. Lástima que, por razones obvias, no hay testimonios gráficos de esta jugada.

Fueron dos horas de aquello y no hubo ningún incidente más. Llegamos al punto de finalización con un timming perfecto. Justo a cinco minutos del anochecer y a diez de que empezara a llover a saco. Todos agotados (es una actividad que cansa mucho) pero contentísimos, el primero yo que con lo de la caída tengo una batallita que contar.

La vuelta mola bastante menos. Otras siete horas eternas. Cuando ya estamos llegando el conductor empieza a parar constamente para echarse agua en la cara. Se está quedando literalmente sobado. Fueron momentos bastante tensos pero afortundamente llegamos a Mérida. A la 1:30, pero enteros.

Resumen del día: 14 horas de viaje, dos horas de rafting. Moraleja del día: si haces rafting en Mérida, que sea en dos días. Sigues teniendo las 14 horas de viaje pero al menos cinco o seis de rafting y una noche de relax en el campamento.

Concepto Bolivares Euros
Día de rafting 300 30

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Por última vez en este viaje me toca blogear desde una tienda de campaña en mitad de la montaña. No es nada hardcore esta vez sin embargo. Un paseíto de un par de días a un pico cercano a Mérida y llamado Pao de Azucar, como el de Río.

De Trekking una vez más

De Trekking una vez más

Es un trekking sencillito en el que se duerme a 3800 y se hace cumbre a 4500. La verdad es que no estaba para nada en mis planes el hacer este tipo de cosas aquí en Venezuela tras el atracón que me dí en Perú y en Ecuador pero había un grupito majo y me había quedado sin cosas que hacer así que decidí que los Andes se merecían una última visita de despedida.

Ando con una pareja de hermanos españoles, Alejando y María. Lamentablemente la segunda ha petado por la altitud y está bastante pachucha. Como guía tenemos a uno de esos personajes clásicos que te encuentras de cuando en cuando por estos lares.

Expatriado alemán en sus cincuentaytantos años que lleva ya más de veinte en este país. Habla un españól venezolano perfecto, lleva un pendiente al más puro estilo pirata y tiene pinta de habérselas visto de todos los colores. Se ha traído a la caminata un buen puñado de marihuana que, sumado a la botellita de ron que yo incorporé a mi equipaje seguro que resulta en una noche divertida.

Como con los trekkings ya he dado la brasa en unos cuantos posts, mejor me centro en las actividades que hice antes de tirarme por última vez a la montaña, que fueron unas cuantas. Mérida es conocida como la capital de los deportes extremos de Sudamérica y merecidamente. El menú de los últimos día fue bastante completo: parapente, rafting y cannoying…

Volando voy

Para un tipo con vértigo como yo es un desafío necesario. Ya que me he atrevido con la escalada me faltaban un par piedras de toque más para ir superando ese miedo a la altura. La primera de ellas el parapente, la segunda el paracaidismo que ya llegará algún día…

Instructor de parapente

Instructor de parapente

Como contaba en el post anterior, mis desgracias fronterizas al menos me sirvieron para conectar con un grupo de gringos a los que me adobé descaradamente. Era un buen negocio para mí que tenía un grupo para contratar actividades (fundamental), y para ellos que ganaban un traductor español - inglés.

Así que llegamos a Mérida aquella mañana y nos fuimos derechos a uno de los hostales que salía en la recuperada Lonely. Lo primero que hice os lo podreis imaginar… Tras cinco días sin una ducha en condiciones y dos semanas sin una con agua caliente (la última fue en Medellín) aquel moderno baño con una de esas alcachofas que hacen que el agua salga bien calentita y a presión supo a gloria. A la postre sería lo único bueno que puedo decir de ese hostal.

Solucionado el problema del alojamiento y el de la higiene personal, nos lanzamos a la caza de una agencia con la que hacer nuestras movidillas en Mérida. Acabamos comprándole el pack completo a Gustavo, de Gravity Tours, que nos daba el precio más competitivo y, durante toda nuestra estancia allí, demostró ser un muy buen tipo que nos echó una mano cada vez que lo necesitamos. Contratamos para aquella misma tarde un parapente y para el día siguiente el rafting.

Parapente

Parapente

El parapente en Mérida se hace en un monte cercano. Cada turista tiene un guía con el que se lanza y la verdad es que no es una actividad que requiera de demasiado esfuerzo. Te subes al monte, te esperas a que el viento sea bueno y luego te tiras. Así de simple.

La primera sensación acojona un poco, es el momento en que eres consciente de lo que implica estar allí a una altura suficiente para acabar hecho puré si algo sale mal, colgado de una especie de sábana multicolor y con tu vida dependiendo de alguien que no eres tú.

Pero superado ese primer momento la experiencia es alucinante. Es lo más parecido a volar que seguramente uno puede experimentar. Dependiendo de tu guía el tema será más movido o más tranquilo. Los primeros se dedican a hacer todo tipo de piruetas y te pueden acabar mareando bastante, como le pasó al pobre Dimitri que quedó KO tras el vuelo.

Parapente

Parapente

A mí me toco uno de los segundos lo cual agradecí porque el día estaba cojonudo para echar fotos. Allí arriba las nubes dibujando paisajes alucinantes en el cielo, con los rayos del sol colándose entre ellas. Allá abajo un valle precioso con un río que serpenteaba. Entre medias seis parapentes moviéndose de un lado a otro.

Fue un éxito de vuelo. Duró unos 40 minutos y cuando me cansé de hacer fotos me dediqué simplemente a relajarme contemplando el paisaje o a charlar con el guía que resultó ser un tipo que había vivido unos cuantos años en España.

El aterrizaje fue perfecto, cosa muy sorprendente teniendo en cuenta mi prácticamente nula coordinación motriz. Y lo digo porque es sólo al despegar y al tomar tierra cuando el pasajero tiene algo que hacer. No mucho, simplemente mantenerse de pie pero ya me parecía suficiente como para cagarla. Afortunadamente no fue así.

Parapente

Parapente

En resumen, la hostia lo del parapente. Hay que repetir un día de estos y en otro escenario aún mejor. Por ejemplo… Río de Janeiro. Lo apunto en mi lista de to-dos en mi más que probable segunda visita a la increíble ciudad brasileña.

Lamentablemente, como siempre que las cosas van muy bien, tiene que surgir un gilipollas para tocar los cojones. A la vuelta del parapente nos encontramos una desagradable sorpresa. El hijo de mil hienas del hostal nos dice que al día siguiente nos tenemos que pirar. El motivo: no le hemos comprado ningún tour a la agencia que lleva él.

Hay que ser cutre. En mis casi 10 meses de viaje jamás me encontré un lugar así. Por supuesto no nos había hablado cuando nos dió la habitación de esta peculiar condición de permanencia, ni nos había hecho un descuento ni nada parecido. Además tiene el puto hostal medio vacío. Cuando trato de pedirle explicaciones al hijo del mal, en mi tono más educado, se me pone borde diciéndome que no tiene ganas de discutir y que le deje en paz o igual nos tenemos que pirar esa misma noche.

Me quedé como Dios el día siguiente cuando me piré temprano por la mañana sin pagarle la noche. Más aún cuando le puse un mail a Lonely Planet explicando todo lo que había pasado. Más aún cuando recibí el acuse de recibo de la guía diciéndome que se iban a plantear seriamente lo de incluirles en la siguiente edición.

El nombre del hostal es Guamanchi y os recomiendo encarecidamente que NO vayas allí. De lo contrario os maldecirá el Dios solidario de los backpackers y vuestras resacas serán terribles para el resto de vuestras vidas… No os que nos causara un gran perjuicio a nosotros al final, los de Gravity nos consiguieron otra posada al toque, pero son una gentuza.

Concepto Bolivares Euros
Maracaibo - Mérida 70 7
Vuelo en parapente 420 40
Hab triple por persona 60 6

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admin on 12 August 2010

Recuerdo haber escrito alguna vez que a un momento de mierda siempre le sucede un momento memorable. Pues bien, la regla funciona al contrario también. Tras la magnífica experiencia de la Ciudad Perdida me tocó vivir una pequeña travesía por el desierto que se llevo día y medio de viaje.

Empezando por el bus en el que me había dejado Alí, un montón de chatarra sin aire acondicionado que, para variar, petó por el camino haciéndome perder un par de horas. Llegué a Riohacha bastante tarde, bastante cansado y bastante maloliente.Todo lo que quería era una buena ducha y una cama en condiciones tras cinco días en la jungla.

Por desgracia el cuchitril en el que terminé no cumplía ninguno de los requisitos. La cama era dura como el pan de hace una semana y el baño daba asco. La cadena no funcionaba y se ve que llevaba un tiempo así, a juzgar por la cantidad de recuerdos de antiguos huespedes que había en el WC. En semejantes condiciones me ví obligado a cerrar la puerta de aquel maloliente cuarto y prescindir de la ansiada ducha.

Me levanté al día siguiente con muchas ganas de escapar de allí. Creo que nunca me he sentido tan apestoso, después de cinco días sin una ducha en condiciones en un clima que te hace sudar constantemente. En fin, un poquito de desodorante y en marcha…

A Riohacha había ido con dos posibles planes. Uno, subir hasta el extremo Norte de Colombia. Un lugar llamado Punta Gallinas, supuestamente muy bonito y tal. Aparte de eso, es también el punto situado más al Norte del continente. Sólo por eso me hacía ilusión ir, para poder decir que estuve en los dos extremos de Sudamérica (Ushuaia es el punto más al Sur).

Sin embargo resultó que llegar allí era realmente complicado y caro. Carreteras cortadas por la lluvia y transportes cuyo precio sólo resultaba mínimamente aceptable si se compartía entre unos cuantos. Por otro lado, la Koala que acababa de estar me contó que no era gran cosa. Se impuso un cambio de planes y en lugar de profundizar en el Norte colombiano, decidí pasar a Venezuela.

Dos horas de auto compartido después llegé a Maicao, típica ciudad fronteriza. Fea, sucia y sin nada que ofrecer salvo un mercadillo enorme vendiendo todo tipo de movidas piratas. Cambié un montón de pesos colombianos a dólares (luego os explico porqué) y me puse a investigar como llegar a Maracaibo, la primera ciudad venezolana importante tras cruzar la frontera.

Básicamente la elección era pillar un bus a la frontera, cruzar, y allí pillar un coche compartido a Maracaibo o pillar el coche compartido desde Maicao directo a M si el conductor accedía a esperar mientras me sellaban el pasaporte. Encontré un tipo que estuvo dispuesto a ello así que decidí ahorrarme el bus a la frontera. Meeec! Error Paco. Una vez más te pasaste de listo.

Cuando llegamos a la frontera hay bastante gente en la parte colombiana de migraciones y mi chófer empieza a jurar en arameo. Claramente no le hace ni puta gracia lo de esperar por mucho que me dijera que iba a hacerlo. El hijo del mal me baja las mochilas con el pretexto de que van a revisarlas los de migraciones. Aquello me huele a podrido y le digo que si no quiere esperar me devuelve la pasta, me quedo yo allí solito y todos contentos. Me asegura que no, que no me preocupe, que me espera, pero me fío realmente poco de él.

Migraciones colombianas funciona como el culo. La cola no avanza y sólo sellan pasaporte los que le pagan un soborno a un personaje que circula por allí y los mete por la puerta de atrás. Maravilloso lugar. A los cinco minutos vuelvo a comprobar si mi coche sigue allí y me encuentro conque ya cruzó al otro lado de la frontera. Sin embargo el tipo sigue asegurando que me espera.

En ese punto era perfectamente consciente de que mis dos libros, la Lonely Planet de Sudamérica y una novela mierdecilla que había pillado en un hostal, estaban en el asiento delantero del coche. Era también perfectamente consciente de que si los sacaba de allí le estaba dando luz verde al cabrón aquel para irse. Debería haberlo hecho no obstante.

Después de esperar otros cinco minutos y ver que migraciones no avanza vuelvo a donde estaba el coche. Como era de esperar ya no está. El hijo de puta me ha dejado tirado allí, quedándose mi dinero y, lo que más me importa, mi Lonely Planet de Sudamérica. Hijo de una hiena! Lo sabía…

Me cabreo muchísimo. No es que valga tanto ese libro, es la sensación que ya os comenté alguna vez de que estoy perdiendo todos y cada uno de esos objetos viajeros a los que les había pillado cariño. En mitad de mi rebote llego a una determinación. Estoy hasta las pelotas de perder cosas. NO, voy a perder esa guía, la voy a recuperar sea como sea.

Así que en lugar de quedarme haciendo cola para sellar me subo en un bus y me vuelvo a Maicao, al lugar de donde salí con el coche del cabrón estafador. Allí, por supuesto, no queda ninguno de los que estaba por la mañana, pero sigue habiendo gente que está en el negocio así que empiezo a preguntar por el tipo.

Al cabo de un rato encuentro a otro chófer que simpatiza con mi problema cuando le cuento lo que ha pasado. Empieza a echar pestes del otro tipo al que, al parecer, no le tiene demasiada simpatía, y me proporciona el teléfono de su hermano.

Llamo al hermano y le cuento lo que ha pasado. Le digo que sólo quiero recuperar mis cosas, que no pretendo que me devuelva el dinero que le he pagado por nada. Cuando cuelgo el teléfono no he conseguido el número del chófer cabrón, pero sí que el hermano se comprometa a recuperar los libros cuando el otro llegue a casa. Por otra parte, el chófer que me ayudó me dice que se pasará por casa de los otros cuando llege a Maracaibo. Poco más puedo hacer allí, me voy a la frontera, esta vez en bus.

Por supuesto cuando llego allí ya no hay cola. Ahora que tenía todo el tiempo del mundo, sello el pasaporte en cuestión de minutos. A pesar de los problemas fue un momento significativo aquel. Cumplía el reto principal de este viaje. Con el de Venezuela, mii pasaporte tiene todos y cada uno de los sellos de los países de este continente. A saber: Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela.

Sí, ya sé que no estoy contando las guayanas pero son países medio marginales, más caribeños que sudamericanos y en ellos a día de hoy resulta muy complicado viajar al estilo mochilero. En cualquier caso, quien me iba a decir a mí cuando empecé aquel viaje que se suponía iba a durar un mes o dos, que más de año y medio después estaría estampando por décima vez mi pasaporte. Una vez conseguido esto, ya sólo falta cerrar el círculo en Salvador de Bahia para poder dar por finiquitado el viaje.

Las cosas empiezan a mejorar un poco en este punto. Me subo en un coche en el lado venezolano para ir a Maracaibo. Dentro está una alemana, vigilando que el chófer no se vaya mientras sus dos colegas sellan su pasaporte (ventajas de viajar en grupo). En total, son tres así que les sobra un sitio en el que me acoplo yo.

Kristina, Dimitri y Oliver. Dos alemanes y un griego - inglés. Viven en Londres y son consultores de JP Morgan de mucha pasta que se pasan el día colgados de sus Blackberrys corporativas, pero que resultan ser muy buena gente y compañeros de viaje muy agradables. Acabaría compartiendo con ellos mis primeros días en Venezuela.

En el camino a Maracaibo empiezo a preguntarla al taxista por el tema de cambiar mis dólares a bolívares venezolanos. Y es que amigos, a Venezuela uno tiene que ir con todo el dinero que quiera gastarse y olvidarse de los cajeros automáticos.

Me explico, el cambio oficial dólar - bolivar en el país es de 4.5 bolívares por cada dólar. Esto es el indicador que te va a aplicar el banco cuando sacas dinero en un cajero o pagas con tu tarjeta de crédito. Sin embargo, en el mercado negro, los dólares tienen otro valor totalmente diferente que oscila entre los 7 y los 8 bolívares por dólar.

No hace falta ser un genio matemático para darse cuenta de que Venezuela es un país caro o barato dependiendo de donde cambies tu dinero. Los dólares que lleves contigo al país valen casi el doble de los dólares que saques allí. Y con los euros pasa lo mismo, solo que es más complicado encontrar quien te los cambie en el mercado negro.

¿que por qué les interesa a ciertos venezolanos conseguir dólares aún pagándolos mucho más caros de lo que dice el cambio oficial? Pues porque, no sé muy bien porqué, el gobierno del país les limita la cantidad de moneda extranjera que están autorizados a cambiar “oficialmente” al año. Así que si tú eres un venezolano con aspiraciones a viajar fuera, o con negocios en el extranjero, vas a necesitar una cantidad de dólares superior a la que tienes asignada. No te queda más remedio que cambiarle a los gringos.

Casi todas las agencias turísticas te ofrecen la posibilidad de cambiar tus dólares. Algunos incluso te darán una cuenta que ellos tienen en el exterior a la que puedes transferirlos para que, una vez se confirme que llegaron, ellos te den la cantidad correspondiente en bolívares aplicando el cambio “bueno”. A tí te conviene y a ellos también. Casi todo el equipo que compran (kayaks para rafting por ejemplo) lo pagan en dólares. Ni de coña les llega con lo que les deja cambiar Chávez.

Bueno, tras esta necesaria explicación retomemos la historia. El tipo del coche me dice que tiene un colega que cambia dólares porque viaja mucho y tiene una casa en Miami, y un carro cojonudo y negocios en Panamá y blablabla. Hablo con él por teléfono y me ofrece 7.8 bolívares por dolar. Como todavía no sé muy bien cómo va el tema le digo que me lo pienso y le llamo.

Llegamos a la terminal y lo mejor que me ofrecen allí es 7.5 así que llamo al tipo que cambia. A los diez minutos aparece el taxista que, al parecer, no se había ido muy lejos. Nos lleva al aparcamiento y en seguida aparece un coche enorme. Dentro va el tipo que cambia. Nos dice que nos subamos, que lo que vamos a hacer es ilegal y que hay que esconderse un poco. Dimitri y yo nos subimos allí con toda nuestra pasta y el tipo arranca…

Cuando me ví allí dentro, cargado de mis dólares y con dos venezolanos gigantescos me vino a la cabeza que quizás acababa de cometer el error del viaje. Sin embargo, de algún modo, mi intuición no había hecho saltar ninguna alarma. Había habido varias señales que me habían trasmitido la sensación de que aquello era seguro: el tipo que había venido y su coche respondían perfectamente la descripción del taxista, que a su vez nos había dado una tarjeta con todos sus datos personales.

Parecen chorradas pero son cosas que te hacen sentirte algo más tranquilo. Como el hecho de fuera muy bien vestido, o que lo único que haciera fuera dar vueltas alrededor de la estación y no alejarse de ella. Llevamos a cabo nuestra “transación comercial” sin problemas. Ya teníamos pasta venezolana. Con ella compramos un pasaje de bus nocturno para Mérida. Otra noche sin dormir en condiciones. Otro día sin ducharme. Cómo mola viajar ¿eh?

El tiempo que queda para que pase el bus lo paso llamando constamente al hermano del chófer cabrón a ver si hay noticias de mis libros, agradeciendo que dispongo de una Blackberry con llamadas ilimitadas a cargo de JP Morgan. No contesta así que cada vez me hago más a la idea de que la Lonely está perdida. Sin embargo, a cuarenta minutos de la partida del bus por fin logro comunicarme con él..

Lonely sobrevive!!

Lonely sobrevive!!

¡Aparecieron los libros! Se los ha dado al otro chófer, el que me consiguió su teléfono. Rápidamente le llamo y resulta que no vive lejos. Si consigo un taxi rápido estoy a tiempo de ir, recuperar mis libros y volver. Salgo pitando, me subo en un taxi, le explico la situación y consigo llegar en un cuarto de hora al punto de encuentro. Recupero mis libros, vuelvo a la estación justo a tiempo para el bus.

Oh yeah! Sólo perdí tiempo y dinero en aquel nefasto cruce de fronteras. Mi patrimonio viajero no sufrió varaciones. Es un alivio y, de algún modo, aunque el valor de los objetos no es comparable, me resarce de aquella frustrante experiencia en el trekking de El Altar, o la del robo del chaleco en aquel bus colombiano.

Esta vez  SÍ recuperé mis cosas. Me subo en el bus a Mérida mucho más contento y ni siquiera las tres paradas en plena madrugada del ejército venezolano para pedir pasaportes y registrar únicamente las mochilas de los cuatro gringos consiguen arruinar mi humor. Allá voy Venezuela!

Concepto Pesos Colombianos Euros
Tyrona - Riohacha 12000 5
Hab Riohacha 20000 8.5
Riohacha - Maicao 15000 6.3
Concepto Bolívares Euros
Maicao - Maracaibo 50 5
Frontera - Maracaibo 40 4

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admin on 10 August 2010

Es complicado por momentos subir las escaleras de la Ciudad Perdida, construidas para tipos que medían poco más de metro y medio. Tienes que ir pasando escalones de tres en tres hasta que, a mitad de recorrido en la escalera ya aparecen las primeras terrazas de los Tyrona. Por supuesto en ese momento empezó a llover, lo cual en realidad no fue demasiado malo porque ahuyentó ligeramente a los enormes mosquitos que habitan hoy en día la Ciudad Perdida.

Ciudad Perdida, Escalera de la Reina

Ciudad Perdida, Escalera de la Reina

A medida que se va subiendo más y más, empiezan a aparecer las ruinas. Básicamente terrazas circulares construidas con piedras encajadas de forma perfecta. El lugar es mucho más tocho de lo que uno se imagina. Hay que tener en cuenta que en su momento de apogeo la ciudad Tyrona albergó a casi 3.000 personas.

Tras recorrer la llamada escalera de la reina se llega al punto clave de Ciudad Perdida. En una explanada limpia de vegetación en lo alto de ese cerro, los Tyrona construyeron una estructura de piedra rematada en dos terrazas circulares a las que se accedía por múltiples escaleras de piedra. Aquello era el centro espiritual de los ciudad, donde se alzaban los templos principales de los que hoy no queda ni rastro.

El sitio es espectacular. Dos perfectos círculos de piedra rodean un espacio de un verde como el de un campo de fútbol. En este punto se tiene la mejor vista de toda la jungla de los alrededores, las montañas de la Sierra Nevada rodeándolos y el resto de la ciudad acostada contra un cerro por el que baja una ruidosa cascada.

Coronando la Ciudad Perdida

Coronando la Ciudad Perdida

Desde allí parten más escaleras que van ascendiendo lo que queda de cerro, abriéndose en tres terrazas circulares más. Desde ellas se puede sacar la foto clásica de Ciudad Perdida, la de la enclave principal que surge en mitad del verde intenso de la jungla. Me cansé de subir allí arriba a echar fotos, tanto aquella misma tarde mientras todo el mundo acababa de comer como al día siguiente mientras desayunaban.

Ciudad Perdida al amanecer

Ciudad Perdida al amanecer, el punto pequeño soy yo

Y es que eso es quizás lo más grande de la Ciudad Perdida. Impresiona casi tanto como Machu Picchu pero no está tan abarrotado de turistas. Con esto de que no es fácil llegar allí, normalmente sólo hay un grupo de gringos en las ruinas. En nuestro caso unas veinte personas. Gracias a esto, por momentos, se puede tener el sitio para uno sólo, cosa impensable en Machu Picchu salvo en los primeros cinco minutos tras la apertura.

Además nosotros tuvimos la “suerte” de que aquella misma semana un derrumbamiento había medio sepultado el último campamento que había cerca de las escaleras, donde supuestamente íbamos a haber pasado aquella noche.

Malo para los pobres turistas que estaban allí aquel día, que podrían haber palmado de estar durmiendo en ese momento pero sólo perdieron unas cuantas cámaras y toda su ropa gracias a que pasó cuando estaban comiendo. Bueno para nosotros que nos tocó dormir en Ciudad Perdida aquella noche.

Ciudad Perdida en mitad de la jungla

Ciudad Perdida en mitad de la jungla

Sospecho que mucho tuvo que ver en esta jugada el grande de Alí que además negoció con los trabajadores del lugar que nos cedieran una casa en la que dormimos todos en camas con mosquiteras, en lugar de en tiendas de campaña como estaba presvisto. Fue la noche más cómoda del tour sin duda, y en plenas ruinas, cual tribu de Tyronas.

Tarántula del mal

Tarántula del mal

Alí también se ganó el sueldo en el recorrido exahustivo, lleno de explicaciones y batallitas, que nos hizo de todo el sitio. Como decía es bastante más grande de lo que parece. Bajando del cerro se encuentran por todas partes más terrazas circulares, sobre cada una de las cuales había un bohio. La caminata fue bastante National Geographic. Que si una serpiente venenosa, que si una tarántula enorme, que si una rana gigantesca…

Como dato curioso comentar que los indios Kogi celebran de cuando en cuando reuniones en la Ciudad Perdida. Vienen de todos los poblados de alrededor, convocados por el gran jefe Kogi y disponen de un bohio en perfecto estado allí dentro donde se juntan a poropear y filosofar sobre sus problemas y el sentido de la vida en general.

Batallitas de la Ciudad Perdida

No voy a dar mucho la brasa con la historia de los Tayrona, que no es muy diferente de otras que ya conté en su momento (la de los Chachapoyas por ejemplo). Es decir, llega el hombre blanco malvado español. Decubre que hay oro. Se aprovecha de que los locales andan a hostias entre ellos. Los traiciona y extermina usando como arma más poderosa las enfermedades contagiosas traídas del nuevo mundo. Un clásico.

Ciudad Perdida

Ciudad Perdida

Afortundamente cuando los Tyrona se vieron perdidos, abandonaron la ciudad dejando mazo de oro enterrado por la zona. A los españoles les debió de dar pereza meterse en esa jungla llena de mosquitos y partieron hacia otras conquistas permitiendo que Ciudad Perdida quedara abandonada a la vegetación que se encargó de cubrirla por completo durante siglos.

Más o menos hasta los setenta cuando los campesinos de la Sierra Nevada se dieron cuenta de que se ganaba más dinero desenterrando tesoros de los Tyrona que cultivando movidas. Se transformaron en lo que en Colombia se llama guaqueros y empezaron a rastrear los cerros buscando el oro que habían dejado los indígenas.

En 1975 un padre y su hijo descubren la Ciudad Perdida y la inmensa fortuna que había debajo. Empiezan a llevar tesoros a Machete Pelao tratando de que nadie se entere pero, como era de esperar, eventualmente uno de ellos se taja y se va de la lengua.

A la siguiente vez que van ya les van siguiendo unos cuantos más. Cuando llegaron todos al lugar se lío parda. Los colombianos demostraron no ser mucho mejores que los conquistadores españoles (probablemente porque descendían de ellos), y acabaron matándose entre ellos entre las ruinas de la ciudad.

Sierra Nevada de Santa Marta desde la Ciudad Perdida

Sierra Nevada de Santa Marta desde la Ciudad Perdida

Uno de ellos consiguió escapar y, acojonado por el cariz que e estaban tomando las cosas, denunció la situación al gobierno. Éste mandó un destacamento militar para asegurar la zona y permitir que los arqueólogos trabajaran allí. Empezaron a llegar los primeros grupos de turistas y la Ciudad Perdida empezó a ser lo que es hoy en día.

No sin ciertos problemas iniciales, sin embargo. Uno de los primeros guías decidió una noche hacer horas extras mientras los turistas dormían, desenterrando oro a escondidas. Contaba con la colaboracíón del destacamento militar que había allí, comandado por un sargento.

Encontraron un auténtico tesoro antes de que saliera el sol. Entonces el sargento ordenó a sus hombres que se bañaran en el río para quitarse la tierra de la excavación. En cuanto los tipos estuvieron en el agua los ametralló sin piedad, y se piro con el guía y los tesoros. Debían de tener un acuerdo previo entre ellos pero no le sirvió de mucho al guía que apareció muerto en la selva. El Judas del sargento desapareció con todo el oro y nunca se supo más de él.

Alí

En fin, basta de batallitas. Hasta aquí el rollete ruinas y civilizaciones antiguas de este viaje. Esta jugada completa la trilogía de ciudades ancestrales que le han dado un toque cultural a mi recorrido. Por orden de espectacularidad: el Machu Picchu de los Incas, en Perú. La Ciudad Perdida de los Tyrona, en Colombia. Las ruinas de la ciudad chachapoyas de Kuelab, en Perú.

Guía volador

Guía volador

Tocaba volver a Machete Pelao. El camino de vuelta se hizo ligeramente más duro que el de ida ya que, aunque en general hay menos subida, se hace en dos días lo que para ir se hizo en tres. Sin embargo Alí estuvo ágil, como siempre, y se agenció unas mulas que nos llevaron las mochilas de gratis. No sé como se las arregló porque al otro grupo que preguntó pretendían cobrarle 30.000 pesos por mula.

Definitivamente un fenómeno Alí. Sin lugar a dudas el mejor guía que he tenido en estos casi siete meses de viaje. Un soplo de aire fresco entre tanto avaricioso para el que el turista no es sino un dólar (o euro) con patas. Alí es una de esas personas que ama su trabajo y se desvive desinteresadamente para que su grupo tenga la mejor experiencia posible.

Gringo volador

Gringo volador

La última mañana organizó una excursión adicional a una catarata del río Buritaca a la que fuimos unos cuantos. Merece la pena hacerla, no porque la catarata sea especialmente alta o espectacular sino porque uno se puede meter detrás de ella, experiencia bastante refrescante. Además, más adelante en el río hay un lugar desde el que se puede saltar al agua desde unos diez metros de altura. Acojona un poco pero merece la pena…

Yo, al contrario que los otros gringos, no volvía a Taganga, sino que tenía que subirme a un bus que me llevara al Norte del país, a Rioacha, me siguiente destino. Pues bien, el grande de Alí no consideró su labor terminada hasta que yo me subí en aquel bus. Me llevó a la parada y espero conmigo hasta que apareció. Mientras tanto empezó a invitarme a cervezas, sabiendo que yo llevaba el dinero justo para el bus.

Cayeron tres pero si el bus llega a tardar más podían haber sido diez. Incluso me ofreció más plata por si necesitaba un taxi en Riohacha. Parece un tema menor, pero el hecho de que un tipo que gana bastante poco dinero y vive en condiciones mucho peores que las tuyas, sea tan desinteresadamente generoso, dice muchísmo de él. Ciudad Perdida fue memorable tanto por el lugar en sí, como por el comportamiento de este hombre.  Un grande Alí!

Con Alí, de cervezas post-tour

Con Alí, de cervezas post-tour

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